5.12.2016

"Cada quien habla como le fue en la feria."

Para comenzar con esta lectura, primero pido de su cooperación para que se imaginen todo como si les hubiera sucedido a ustedes, lo que pretendo y espero conseguir es crearles un poquito de empatía sobre mi sentir en las situaciones descritas a continuación y que en base a ello me puedan compartir un poco de su criterio en la sección de comentarios, dicho lo anterior, aquí vamos…

He escuchado de Cuba, muy poco la verdad: sé que el sistema de Gobierno es Socialista, sé que allá vivió el Ché Guevara, he escuchado acerca de Fidel Castro, sé que tiene un embargo con Estados Unidos, o al menos lo tenía hasta el año pasado. Por comentarios de personas que ya han ido, sé que es más barato que ir a Cancún, pero que está más “feito” …

Llego al aeropuerto a tiempo, no llevo mucho equipaje puesto que sólo estaré 3 días en esa Isla por cuestiones laborales, me acerco al módulo de atención a clientes y pido que se me venda una visa de turista para ir a Cuba. Me explican el procedimiento de llenado de la información y me describen brevemente el proceso migratorio de la Habana, todo suena sencillo y sin contratiempos; pienso inclusive que será más rápido y ágil que entrar en Estados Unidos.

Mientras espero 30 minutos más a que salga el vuelo, bebo café y me imagino el “cómo será”, estoy emocionada por visitar un país nuevo. Además de que esta visita promete mucho aprendizaje y desempeño laboral que puedo adherir a mi Currículum en un futuro. Escucho el aviso de abordaje y ¡aquí voy a una aventura más!

2 horas y 40 minutos después estamos aterrizando en La Habana Cuba, que desde las alturas se percibe verde por todos lados con algunos matices rojizos y de inmediato viene a mi mente que es el color de la tierra, igual que en Paraguay o que en Tierras Coloradas en el Estado de Hidalgo. Bajo del avión y lo primero que observo detenidamente es el pasillo del aeropuerto, en tonos verde y rojo militar, bastante escueto, pareciera que tiene una antigüedad de 60 años hasta que leo en la plaquita conmemorativa que fue inaugurado en 1996. Sigo las indicaciones y llego directo a los puestos de migración; lo siguiente que capta mi atención es el uniforme de todo el personal, es completamente militarizado. Siento que estoy llegando a las bases de la armada para alistarme en las fuerzas defensoras contra el “Imperialismo Yanqui”.

La fila avanza rápido, tengo la certeza que por ser mexicana y morenita seré bien recibida. Llega mi turno y me toca una joven con rasgos africanos bastante arraigados; revisa mis documentos, al parecer todo en orden, me pide que me retire los anteojos (¡vaya! Anteojos, hace mucho que no escuchaba esa palabra) y que mire fijamente a la cámara. ¡Listo! Ya sólo hace falta que ponga el sello de entrada al pasaporte, comienza a ojear para encontrar un espacio para el sello, cuando inesperadamente me pide que retroceda y que espere en la línea, ¿hay algún problema? Le pregunto amigablemente y de inmediato con voz de mando repite ¡Retroceda y espere en la línea! Otros turistas voltean debido a la exaltación. Poco a poco la sala va quedando vacía y soy la única persona que permanece en la línea de espera. Sin darme cuenta se me acerca un oficial y me pide que lo acompañe, hasta ese momento ya comienzo a ponerme nerviosa, siento que he sido descubierta por haber cometido alguna clase de delito que aún no sé qué es…

El oficial en cuestión comienza a indagar de manera serena toda mi información básica y la compara con los documentos de viaje, durante el interrogatorio conservo la calma, contesto de forma tranquila y clara a cada una de las preguntas… Súbitamente deja de ver mis documentos y señalándome me pregunta de manera muy directa: ¿Porque usted ha viajado tantas veces a Estados Unidos? -Por trabajo, contesto sin dudarlo; lamentablemente esta respuesta desató muchas más preguntas y molestia del oficial, ya no era un interrogatorio normal, era una especie de ataque a mi persona: ¿Por qué tú vienes? ¿Por qué tú tienes señal cubana en el celular? ¿Vienes con tu dinero o quien te está pagando? ¿Cuánto dinero traes? ¿Si hacemos una inspección a tu equipaje que vamos a encontrar? ¿Por qué tú viajas sola? ¿Quién te está esperando? Fueron de los peores 30 minutos de mi vida, obviamente ya contestaba con coraje más que con miedo, en el pensamiento imploraba que ya no me dejaran pasar y me regresaran a México, ¡Al diablo Cuba!

Finalmente, y después de haber anotado todas mis respuestas en lo que pareciera una hoja de informe militar, me dejaron pasar… Camino molesta a la salida y buscando la casa de cambio, lo único que quiero es llegar al Hotel donde me hospedaré los siguientes días. Por mi molestia, no encuentro la casa de cambio y decido preguntar en el módulo de informes. Llego toda mal encarada y me atiende una señora de edad avanzada y bastante sonriente, ¡¿Dónde está la casa de cambio?! Pregunto muy altanera, la viejecita contesta tranquila y pausadamente: Claro que sí señorita, Bienvenida a Cuba espero que los días que esté en la isla sean totalmente placenteros. La Casa de Cambio se encuentra pasando por aquella puerta a mano derecha, dígame una cosa: ¿Ya tiene donde hospedarse? He de admitir que su generosidad, quebranto mi enojo y sonreí de nuevo agradeciendo su amabilidad.

Mientras espero en la fila para cambiar mis pesos mexicanos a moneda cubana, medito sobre lo que acababa de ocurrir, tal vez el incidente con el oficial migratorio fue algo aislado y que el resto de las personas son muy amables con los turistas.

Después de 40 minutos llego al hotel y estoy lista para mi primera reunión. Todo el resto de ese día no hablo de otra cosa más que de trabajo. Llego a mi habitación alrededor de las 11pm totalmente exhausta y duermo sin dificultades. El día siguiente transcurre todo de la misma manera hasta después de la comida, donde se me informa que por órdenes del Gobierno Cubano ya no pueden seguir trabajando conmigo… No puedo dar más detalles acerca de lo que pasó en las siguientes horas ya que por la naturaleza de mi trabajo es confidencial (de cualquier forma, trabajo es trabajo y es lo de menos).

Son las 6pm y decido aprovechar el resto de la tarde-noche para caminar por el centro y conocer un poquito de La Habana en plan de turista. Camino y me maravillo por la antigüedad de los edificios y de todo a mi alrededor, es cómo si hubiera viajado en el tiempo a los años 40´s. El calor y la humedad son tremendos, seguramente la temperatura oscila cerca de los 30°C. Sigo caminando y llego al Malecón, veo un policía y pregunto sobre la Plaza de la Revolución, al parecer caminé en sentido contrario y ya estoy muy lejos. Decido continuar por el malecón ya que la brisa marina es perfecta y refrescante. En mi camino, todo mundo es amable, demasiado amables por saber que soy turista. De pronto una de las personas que me encuentro en el camino, se anima a entablar conversación conmigo.



Su nombre es Pedro, me pregunta si la he pasado bien, me recomienda visitar otros lados en Cuba, se le ilumina el rostro al saber que soy mexicana; en este momento yo ya sospecho de tanta amabilidad y estoy a la espera en que me pida dinero para decirle automáticamente que no. De pronto su tono de voz disminuye, casi susurra y me pregunta que si de casualidad en mi mochila llevo algún artículo de limpieza que le pueda regalar: “champusito”, jabón, pasta de dientes o papel higiénico. Su petición me deja atónita y sin habla. Le explico que no llevo esos artículos en ese momento y que mi hotel está muy lejos, ahora soy yo la que le ofrece dinero. A lo que el mueve la cabeza negativamente y comienza a mirar por todos lados, temeroso de que alguien haya escuchado o nos hayan visto.

Me pide que nos sentemos en una banca para no levantar sospechas. Yo no puedo dar crédito a esta situación; sin embargo, me siento y lo escucho:

-Mire mamita, su dinero no me sirve, en más si me hacen una inspección y yo lo tengo me meten preso. La cosa acá es terrible, por eso tengo que salir a la calle a pedir. Me da pena con ustedes que vienen a pasarla bien pero no me queda otra para tener bien a mi familia, acá con el calor mis niñas se llenan de piojos bien rápido y les comen la cabecita. Lo que nos da el gobierno no es suficiente y discúlpeme la pena pero no tengo de otra.
Lo miro a los ojos y está apunto de derramar lágrimas. Me provoca una conmoción que hace mucho no sentía y le contesto: Disculpe, la verdad que no sabía que la situación estuviera tan mal, de haber sabido traigo algunas cosas extras, pero le hago la firme promesa que si vuelvo lo tendré presente.

-¡¿Regresar?! No regrese, allá en México lo tiene todo. Mejor vaya a gastar su dinero a otro lado, acá el dinero del turista sólo enriquece al Gobierno y a unos cuantos, pero todos acá somos tontos, ¡unos tontos! Que no se quieren dar cuenta que un país socialista ya no puede salir adelante, pido a dios que ahora que ya vino Obama nos libere de esto porque de verdad no se puede. Mejor hágame un favor, si tiene conocidos o familiares que vayan a venir, dígales que traigan jaboncitos extras, no muchos por que se los quitan en el aeropuerto y ropita para los niños que nomás andan en calzoncitos. Damita discúlpeme de nuevo y que la siga pasando bien, con su permiso.

Sin más, se levantó y siguió su camino. Yo seguía sin procesar por completo la plática. Pedro era aproximadamente de mi edad o un poco más joven, en ningún momento le vi alguna facha de mendigo o pordiosero, lo que si le vi fue la angustia al solicitarme PRODUCTOS BÁSICOS DE LIMPIEZA PERSONAL. Yo permanecí sentada otros minutos más y con el ánimo por los suelos…

Me levanté e inmediatamente detuve a un taxi para que me regresara al hotel, no dejaba de pensar en Pedro y en la triste realidad que han de vivir todas esas personas. La realidad que muchos turistas no ven o no conocen y que para ellos Cuba es más barato que Cancún, pero “feito”; la realidad que no sale en las noticias o se publica en redes sociales. Supongo que mi expresión facial no era la mejor porque el taxista me preguntó si todo estaba bien o que si no había tenido algún contratiempo. No quise entrar en detalles y sólo le respondí: acabo de conocer la verdadera Cuba, es triste.

El taxista, sólo suspiro y me dijo: que pena que le haya tocado. Pero así son las cosas, uno tiene que ver cómo salir adelante…

No pude dormir mucho, me la pasé repasando la situación con Pedro y sintiéndome culpable de no haber llevado esos productos a la mano. De alguna forma estuvo bien la falta de sueño, ya que tenía que estar en el aeropuerto a las 4am. Durante el vuelo veo una película para despejar mi mente (Concussion con Will Smith, muy recomendable); llego a la Ciudad de México alrededor de las 9am y durante el trayecto al lugar donde vivo, veo a mi alrededor y recuerdo el clamor popular por la contaminación, por el “hoy no circula”, por el Gobierno, por el transporte público, por el metro, porque no alcanza, etc, etc…


-Si supieran…

2 comentarios:

Oscar Barragán dijo...

Debido a mi trabajo he tenido contacto con gente que ha visitado Cuba o que es cubana. Ya había escuchado sobre la gente que pide cosas a los turistas, de mujeres que se ofrecen a cambio de un jabón, unos pantalones... Pensé, que ya no pasaba. Uno escucha lo que dicen en las noticias, o lo que cuenta la gente de acuerdo a lo que vio, o no vio, y vivió o no.
La realidad de Cuba es demasiado triste, así como lo es la realidad en nuestro país, la cual nos negamos a ver o por el ritmo de vida que llevamos no tenemos ojos ni oídos para ver y escuchar.
Entiendo perfectamente cómo te sentiste, he visto cómo la gente vive en lugares donde un litro de leche o un techo que no sea de lámina es un sueño inalcanzable, donde los niños tienen que salir a pedirle a los turistas que les den un peso, ¡un peso! como si con eso pudieran vivir bien. Es triste ver cómo la gente que puede ayudar prefiere gastar lo que tiene en necesidades inventadas por esta comunidad consumista donde si no vas a Starbucks o tienes celular o no usas ropa de "marca", toda la ropa tiene una marca, pero en fin, no eres digno del aprecio de los demás.
Sin embargo, los niños son niños y la gente que menos tiene es las más veces la de mejor calidad humana pues no está enviciada con el estrés y la envidia que pulula en las grandes urbes, y aún el gran desprecio que tiene uno hacia el gobierno u otras personas, desaparece al cruzar una mirada con esa gente.
Infortunadamente, también hay quienes son comodinos y conformistas y más allá de que no puedan o quieran ver, la vida les facilita con poco esfuerzo, tener lo poco para sobrevivir.
La realidad es, que el ser humano en su fase de hambre de poder es una porquería.

Erika Santiago dijo...

Así es, la sociedad en general es consumista y ha olvidado la esencia de lo que realmente es importante. Me agrada saber que aún quedamos algunos que vemos la realidad y que tenemos un poco de criterio para juzgar la pintura que nos ponen enfrente.

Muchas gracias por tu comentario Oscar :)